Radriografía de una tragedia predestinada
Su pierna se extendió casi un metro hacia el infortunio, paralela al
piso, siguiendo acaso aquella línea trágica que había trazado el destino.
El balón, casi rebelándose, entró lentamente hacia aquel portal que
ahora se antojaba inmenso, besando aquel fondo de red esquivo, el mismo
que en tantos minutos atrás buscaban los gringos acuciosos.
En los segundos más largos de su vida, tuvo tiempo para sentir el peso
infinito del silencio; casi escuchó los millones de murmullos de
asombro y desconsuelo que atravesaron el atlántico en una clara
ridiculización de la velocidad de la luz, los murmullos de aquellos que los
seguían con la fuerza de la esperanza traidora. Luego, los gritos de júbilo
estallaron sobre èl sin compasión, le arañaron cada rincón de su
anatomía desconocida: le arañaron el alma. No entendìa ni una sola
palabra entre aquel infierno de decibeles indescifrables forjados bajo el
fuego de ese lenguaje extraño, aunque instintivamente sabìa el significado
de aquel sentimiento, còmo no saberlo si lo habìa experimentado en
otras tantas ocasiones como se conoce la epidermis de la amante de toda una
vida, había dormido tantas noches bajo su abrigo y ella lo habìa
cargado en sus suaves brazos de mamá complaciente, era el sentimiento de la
gloria, aquel manjar reservado a los màs exquisitos paladares.
Más quiso esta misma gloria, aquella caprichosa confidente de almohada,
volverle la espalda quizá reprochándole la multitud de pecados de su
venial voluntad, pretendiendo tal vez dar una dura lección, de esas que
día a día experiementan los niños ante el dolor de un bien perdido.
Necesitó de todas las fuerzas de su cuerpo para llevarse las manos al
rostro, como escondiendo ese manto de vergüenza que ahora lo cubrìa,
casi quiso morirse aquel instante, supo de inmediato un sinfín de fórmulas
para evitar aquel error involuntario -más ya era tarde- como siempre lo
habìa sido cada vez que llegaban las tardías virtudes reveladoras.
Sus manos llenas de sudor y grama le ensuciaron la cara ahora
desdibujada y sólo cuando las separó pudo ver el cielo, profundo, diáfano, que le
sosegaba aquel dolor inconfundible de la culpa.
Esta vez usó las fuerzas de su alma para ponerse en pie, fué allí donde comprendió la magnitud
de su desgracia, pues en derredor suyo diez rostros flagelantes
compartían en pequeñas dosis aquel veneno inoculado por el destino. No pudo
siquiera consolarse con esto pues sabía que sólo eran cirineos de turno
y que el camino hacia el Gólgota estaba trazado y que el peso de aquella
cruz habría de llevarlo inexorablemente hacia la tumba.
Poco a poco, aquellos compañeros de casi siempre se acercaron para darle
ánimo en un gesto hipócrita ante la cruda verdad, no podía culparlos, pues
sabía que él; él mismo, que se ufanaba de su integridad incomparable,
habría cedido a esa tentación, como quién consuela un moribundo con la
esperanza de una eternidad benevolente. El juez impávido sonó nuevamente
su silbato; en lo que restó de tiempo su cabeza giraba en círculos
tenebrosos hacia la catástrofe absoluta, presintió su destino cuando una vez
más, aquel hombre de negro irguiera su brazo y luego sin compasión lo
dirigiera hacia el centro de aquella monumental cancha, que sería para
siempre el panteón de sus ilusiones fraternas, las que había cultivado
con ahínco desde la infancia, desde la primera vez que vió un balón
rodar en un frenesí de piernas y supo que para eso había venido al mundo
con una seguridad asombrosa y que a la vez le sirvió para crearse una
reputación de precocidad mientras que los otros niños de su edad se
sumergían entre bolitas y palitos ante la impaciencia de las maestras
de ocasión. Todo esos sueños reposaban cadavéricos en aquella tierra
extraña, y tal vez, ese día, sólo ese día, supo que había muerto para
siempre.
De vuelta esa noche, entre la desdicha aparecían fugaces una que otra
palabra de sosiego. Más todo era distinto, una atmósfera enrarecida lo
seguía por doquier con una demencia absoluta, entre los lobbys de hoteles
sinistros se consumía su esencia. Miles de ojos lo seguían fijos a
todas partes, algunos de compasión, otros de reproche, incluso algunos màs
audaces ideaban formas macabras de mutilarlo, mediante insultos que
escapaban confundidos con los ruidos de los autos veloces.
Ni siquiera escuchó los disparos aún cuando estos le estallaron en el rostro,
sólo sintió la paz de los atardeceres claros. Los ademanes obscenos habían cesado de golpe
incluso los improperios se mezclaron con borbotones de sangre y un gemido involuntario,
mientras él, en lo que dura un suspiro, se quedó esperando ver pasar la vida ante sus ojos,
sabiendo que de esa forma había malgastado sus últimos instantes esperando una redención
que nunca llegaría.